Scarlett Johansson y Angelina Jolie son las mujeres “más sexys del mundo”, según el director de la revista Playboy, que ha señalado que no le importaría que ambas actrices posaran para la portada de su publicación. Al parecer, el empresario está cansado de la imagen de sus míticas conejitas, llenas de silicona y con cuerpos espectaculares, y ahora preferiría que en su revista se viera “chicas que puedan ser la vecina de al lado, que parezcan naturales”.
Así, aunque él viva en su mansión rodeado de numerosas conejitas Playboy éstas no son lo que él desea para su revista actualmente. “No es por buscar glamour”, explica Hefner a Startrip. Y confirmó que, en 2006, tras el nacimiento de Shiloh, ya pidió a Angelina Jolie que posara para su publicación, una oferta que la protagonista de Changeling rechazó. Ella y Scarlett Johansson “son las mujeres más sexys del mundo”, reiteró el empresario estadounidense.
Sin embargo, Johansson no está muy de acuerdo con esta denominación. Eso sí, coincide con Hefner en que es una chica normal y que podría ser la vecina de cualquiera. Durante su asistencia a un acto en Los Angeles, la estrella señaló que jamás se sentirá “una diva” y que tiene “un estilo de vida muy modesto”. De ahí que tampoco se considere un icono de la moda como los expertos aseguran. “Me gusta cambiar mi imagen cada cierto tiempo y me divierte sacar mi lado femenino, pero esto no significa que me sienta un icono”.
“Sé que nunca llegaré a ser como una supermodelo”, señaló la protagonista de Vicky Cristina Barcelona, que afirmó que aún así está muy a gusto con su cuerpo, y utiliza los típicos trucos “de cualquier mujer” para resaltar sus encantos y disimular sus defectos. “Juego con mis curvas, me pongo pintalabios rojo y arreglo mi pelo. Intento ser lo más glamourosa que puedo”, explica.
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19 sept 2008
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14 sept 2008
Tal vez amistad sincera....
13 sept 2008
5 ago 2008
BESOS DE AMOR AUTENTICO
30 jul 2008
MASAJE SENSUAL.Recomendado.VideoClip
Es un masaje muy sensual, te relaja mucho y el aceite provoca que sea tan sensitivo y plancentero.Te lo recomiendo
27 jul 2008
UN BUEN MASAJE RELAJANTE
Deberiamos cada semana como minimo hacernos un buen masaje, va bien para el cuerpo y la mente. Hay semanas que me hacen hasta 3 masajes.
22 jun 2008
Una visita inesperada
Creo recordar que en algún momento he hablado de mi compañero de trabajo, con él que tuve algún que otro encuentro íntimo, para suerte mía no han sido los únicos.
No hace mucho falte al trabajo, durante algunos días, porque estaba con gripe y cuál fue mi sorpresa que un día alguien vino a hacerme una grata visita.
Me encontraba recostada en mi cama, tomando un té con limón, me ayuda a despejar la garganta, cuando llamaron a la puerta. Como pude me levante y con él pijama puesto y una cara de no haber dormido en semanas, fui a abrir la puerta.
Me quede pálida, más aún, cuando le vi allí delante con un precioso ramo de flores, tartamudee por un momento, no sabía que decir, él sólo sonrió y me pregunto si podía pasar.
Yo me aparte y le di paso, estaba tan sorprendida que durante unos minutos, mientras nos sentábamos en el sofá, no pude articular palabra, así que habló él solo por su cuenta. Me explico que había preguntado por mí en las oficinas y le dijeron que estaba con gripe, así que se las ingenio para encontrar mi domicilio y venir a hacerme una visita.
Yo seguía sin salir de mi asombro y solo podía darles las gracias, por su preocupación. Le ofrecí algo de tomar pero no quiso, prefirió seguir hablando. Me decía que sin mí por la oficina se le hacía algo aburrido y que extrañaba mi presencia.
El calor que comencé a sentir ya no era producto de la fiebre, si no del sofoco por tanta adulación, y él pareció darse cuenta cuando comenzó a reírse y me pidió perdón.
La situación para mí era realmente vergonzosa, mi aspecto era desastroso, ojeras, nariz enrojecida, voz ronca, palidez, pero a él parecía no importarle.
Me pregunto sobre mi trabajo en el salón de masajes, y bromeo sobre él hecho de que ahora era yo quien necesitaba un buen masaje. Pero parece ser que él no estaba bromeando, sin dudar me ofreció darme un masaje para aliviar el dolor de músculos que la gripe me estaba dejando.
Me negué, pues no me parecía justo aprovecharme de él, pero insistió tanto en que por más que dije que no, acabó convenciéndome.
Puse la calefacción para no coger frío, y me tumbe en la cama, solo con él camisón, él se sentó a mi lado y froto con energía sus manos, para no tocarme con ellas frías.
Al sentir sus manos sobre mi piel, todos mis males parecieron desaparecer, era tan cálido su firme tacto, que me estremecía tan solo con un roce. Yo sabía que no iba a ser un masaje normal, pero no pensaba que llegaría a ser tan especial.
Con cuidado aparto mi pelo de la nuca, y se inclinó sobre mí, para acariciarla con sus labios, eran tan tiernos... no pude evitar encogerme, porque un escalofrío de placer recorrió mi espalda, él emitió lo que pareció ser una tímida risa, y siguió besándome en dirección a mi hombro. Una vez allí aparto él tirante muy lentamente y con la mano, acaricio mi brazo con suaves movimientos desde él hombro hasta él codo y viceversa.
La forma en que me tocaba y besaba, me hizo rememorar aquel día encerrados en el ascensor, mi imaginación se disparó, y volví a sentir en mis labios él sabor de los suyos, aquel recuerdo encendió en mi interior la llama del deseo. Mi piel emitía un dulce calor y él se percató de ello.
Pues no dejaba de apoyar sus mejillas sobre mi espalda, mientras sus manos levantaron mi pijama desde las rodillas, se deslizaron por mis muslos, caderas, cintura, cuando llegaron a mis axilas yo me levante un poco para que pudiera quitarme el pijama y quedarme solo en tanga.
Con sus besos dibujo toda mi columna hasta llegar a mis nalgas, donde se detuvo para tocarlas con la punta del dedo, haciendo círculos, aquello me hacia cosquillas, pero me gustaba.
No se entretuvo mucho tiempo allí, volvió de nuevo a subir por mi cadera, lentamente, deleitándose con tiernos besos, se detuvo de nuevo en mi nuca, y sus traviesas manos se encaminaron hacia mis desnudos senos, los cuales las estaban esperando con ansia.
Pero me resultaba incomoda la postura, así que sin aviso me di la vuelta, él me sonrió pícaramente y sin dejar de mirarme acerco sus labios a ellos, se me hizo eterno hasta que por fin los besó. No pude evitar suspirar de placer y eso le complació.
Cada beso que le regalaba a mis senos, era un torrente de sensaciones indescriptibles para mí, acompañados de suaves caricias sobre mis muslos, me sentía en un dulce sueño del que no quería despertar.
Pero él destino quiso ser travieso esta vez, y sonó su teléfono móvil, nos miramos y aunque él parecía ignorarlo mientras seguía jugando con mis tersos senos, yo tuve que pararle, pose mis manos sobre sus mejillas y atraje sus labios a los míos, fundiéndonos en un ardiente beso, había deseado tanto ese momento, que casi me olvido del estridente sonido de su teléfono.
Prácticamente le obligue a marcharse, no sé quién le llamo, pero seguro que era de la oficina y no quería que tuviera problemas por mi culpa, así que mientras él hablaba yo me volví a poner él pijama.
Cuando acabo la conversación, me abrazo y trato de persuadirme, besándome con dulzura, se me paraba él tiempo cada vez que posaba sus labios sobre los míos, pero la responsabilidad es un peso muy grande, y le pedí que no siguiera, tendríamos más tiempo en otro momento.
Pareció entenderlo y recogió sus cosas y se marchó. Yo volví a mi cama, todo mi pijama olía a él, y con ese olor que me transportaba hacia mis más ardientes fantasías me quede felizmente dormida.
Despedida de soltera
Tengo una compañera en el salón de masajes, que se casa muy pronto y como es costumbre en este tipo de cosas, quiso organizar una despedida de soltera, y nos invito a las chicas del salón.
Su hermana contactó con nosotras para explicarnos como sería la fiesta, nos dijo que su hermana tenía un concepto sobre ella muy conservador, no la veía capaz de hacer ninguna locura y eso es lo que quería que aquella noche pensara, iríamos a cenar a su casa, una cena muy formal y tranquila, un café y después una película, pero lo que Helenita no sabía, mi compañera que se casaba, es que su hermana había alquilado un boys y este aparecería en medio de la película.
La idea me pareció genial, estaba deseando ver la cara de Helenita cuando apareciera el chico, iba a ser muy divertido.
Todo fue de maravilla, mientras nos dirigíamos a casa de su hermana, Helenita nos contaba entre risas lo anticuada y recatada que era su hermana, y nosotras teníamos que mordernos la lengua para no desvelar la sorpresa.
Una vez en su casa y tras las debidas presentaciones, nos dispusimos a cenar, la mesa estaba preciosa, un bonito mantel la cubría y los centros de mesa junto con las velas y la cubertería, la hacía muy distinguida. Todo hacia entender lo bohemia que era la hermana de Helenita.
Mientras tomábamos un entremés de bocaditos de atún y canapés de caviar, acompañados de un vino blanco muy aromático y suave, charlábamos animadamente de los por menores del matrimonio y bromeábamos sobre los hombres casados. La velada estaba siendo de ensueño.
Después de tanta charla y a pesar de los entremeses, el agradable olor que nos inundaba desde la cocina, nos abrió el apetito aún más. Yo y Helenita nos levantamos para recoger la cubertería usada y llevarla a la cocina, mientras yo retiraba los restos de los platos y los colocaba en el lavavajillas, ocurrió algo que me sorprendió mucho, Helenita me había cogido de la cintura, firmemente y tiro de mí hacia ella, me abrazo con fuerza y pegando sus labios a mi oído, me susurro que hoy sería una noche muy especial. Yo me sentí abrumada, un poco desorientada e incluso algo excitada, sentir sus pechos firmes sobre mi espalda, y su cálido aliento en mi oreja, no me había resultado nada desagradable y por un momento olvide que en la habitación contigua nos esperaban, su hermana y el resto de las chicas.
Me compuse como pude y nos dirigimos hacia la mesa de nuevo, nos sentamos y esperamos a que la hermana de Helenita sirviera la cena, nos esperaban unos deliciosos langostinos en salsa y almejas a la marinera, me encanta el marisco, además de que se dice que es afrodisiaco, para acompañar también teníamos unos pinchitos de bogavante con verduritas y una salsa algo picante, digno de un buen gourmet.
Comenzamos a jugar con la comida, sobre todo con los pinchitos, Helenita que estaba sentada a mi lado, me ofreció comer un trozo de pimiento de su boca, yo al principio me limite a sonrojarme, pero las demás le encontraron gracia al juego y me animaron a hacerlo, imitándonos.
Así que con cuidado, comí de su boca, pero ella no se cortó un pelo y aprovechando el momento me besó. Abrí los ojos de par en par y mire al resto de chicas que entre risas y silbidos nos volvieron a imitar.
Todas estaban disfrutando pero yo me sentía un poco avergonzada ante las insinuantes miradas de Helenita, me daba un poco de reparo la idea de que pronto seria una mujer casada y estaba allí insinuándoseme de aquella forma. De todas formas seguimos con la velada, era la hora del postre, unas suculentas y deliciosas fresas con nata helada.
Mientras disfrutábamos de ellas, sentí como la mano de Helenita se deslizó por mi muslo, al mirarla esperando que desistiera, solo me sonrió y siguió acariciándome, debido a aquello me sentía tan acalorada que ni la nata helada conseguía quitarme esos calores. No sabía qué hacer para disimular que aquello me excitaba mucho y ella sin temor a que nos descubrieran seguía adentrando su mano hasta mi entrepierna.
Su tacto era muy cálido y agradable, mi piel se estremecía y mis mejillas se sonrojaban más, a medida que se acercaba a la tela que cubría mi sexo. Las chicas se dieron cuenta del color resaltado de mis mejillas y entre risas nerviosas aclaré que había bebido mucho vino, a lo que las demás respondieron con bromas y prosiguió la velada.
Helenita seguía empeñada en acariciarme, y yo trataba de esquivar su mano, cruzando las piernas, pero eso no la iba a detener, y el deseo que comenzaba a crearse en mí, tampoco me ayudaba a controlar la situación.
Por suerte, la cena terminó rápido, y todas nos levantamos para ayudar a recoger la mesa, mientras lo hacíamos, no podía evitar cruzar miradas ardientes con Helenita y el miedo a que alguna de las chicas se diera cuenta, lejos de cohibirme, me alentaba a seguir.
Una vez que todo estuvo recogido, era el momento de la película, nos dirigimos hacia el salón, un enorme salón con una preciosa chimenea, apagada porque ya hacía calor, creo que no lo he dicho, pero la hermana de Helenita tenía una casa de campo enorme, y allí es donde celebramos la fiesta.
Como decía, el salón era enorme, dos preciosos sofás de color crema, y una mesa pequeña de madera daban una acogedora bienvenida. Solo había un detalle que rompía el equilibrio y era la inmensa televisión de plasma, panorámica, que tenían. Por lo menos veríamos la película con una calidad inmejorable.
Retiramos un poco los muebles, y echamos un par de sabanas en el suelo, como cuando éramos pequeñas y montábamos las tan deseadas fiestas de pijama, allí todas acomodadas y con Helenita a mi lado, nos pusimos a ver la película.
Yo ya me temía lo que podía ocurrir, amparadas por la oscuridad y con la tentación que suscitaban nuestros cuerpos pegados el uno al otro.
Pasada media hora de película y mientras todas estaban absortas con las miradas fijas en la pantalla, Helenita me rodeo con sus brazos y me invito a recostarme sobre ella, yo cedí guiada por el deseo de volver a sentir su tacto sobre mi piel, algo que no se hizo esperar. Con un pulso firme pero delicado, comenzó a acariciar el escote de mi blusa, sus labios estaban tan cerca de mi cuello, que podía sentir su aliento sobre él, me sentía como en una nube de algodón.
Con sus dedos, acaricio el primer botón de mi blusa, haciéndome desesperar por desabrocharlo, se hacía de rogar, y eso en parte me gustaba. Con la punta de sus dedos dibujo mis senos por encima de la tela y yo me contenía por no gemir de excitación y llamar la atención de las demás.
Acaricie su mano, invitándola a que siguiera en su camino para desabrochar mi blusa, y así lo hizo, al tiempo que sus gruesos y carnosos labios regaban mi cuello de deliciosos besos, que hacían que se me pusiera la piel de gallina, y en mí estomago revolotearan las míticas mariposas.
Con una dedicación pasmosa, desabrocho el botón de mi blusa y acompasando sus besos avanzaba hacia uno de mis senos, esta vez su pulso si temblaba y aquello me hizo temblar a mí, estaba ansiosa por sentir su calidez sobre mi pecho, deseaba que acariciara su contorno, me sumergí en sus besos, y suspire, en ese momento, su mano por fin alcanzó la tela de mi sostén, y lo aparto con sumo cuidado, mientras me susurraba al oído, que siempre le habían gustado mis pechos.
Yo no quería que ese momento terminara, mis piernas temblaban de placer y de miedo por si alguna de las chicas se había dado cuenta de lo que estábamos haciendo, lo cual se sumaba al morbo que todo aquello me producía.
Por desgracia, llamaron al timbre, era la hora del boys, me sentí fatal, yo quería continuar pero las circunstancias no lo permitían. Nos levantamos y encendimos las luces.
Lo que ocurrió después todos os lo podéis imaginar, apareció el boys, todas se volvieron locas, y mientras él nos deleitaba con su show, todas disfrutamos en grande de la velada, pero yo no podía quitarme de la cabeza, la sensación que me había producido el tacto de Helenita sobre mi piel.
Para mi sorpresa cuando acabó la fiesta, Helenita me pidió que la llevara a casa, durante el trayecto no dejábamos de dedicarnos miradas llenas de complicidad, hasta que cuando llegamos a su casa, me pidió que subiera con ella.
Lo que ocurrió aquella noche, es algo que jamás olvidaré y espero que ella tampoco, algún día, prometo contároslo.
16 jun 2008
Qué oculta el escote
Hasta tienen su propio lenguaje, los escotes. Al margen de quien sea su portadora. "Uno cuadrado, habitual en la realeza, transmite una sensación de seguridad y poder", aseguran Elisabet Olivé y Montse Guals, que aglutinan diversas especializaciones en el ámbito de la imagen y la moda, además de estar al frente de la empresa Quémepongo. Uno de pico profundo, en cambio, se asociará con el atrevimiento, aunque la lista de signifi cados podría ser tan larga como la de los tipos de escotes. Que no son pocos. Redondo, ovalado, palabra de honor, en forma de corazón, halter, asimétrico..., enumera Blanca Gordon, personal shopper y directora de Shopin, en Madrid. Estos planteamientos podrían parecer la excepción, pues, al fi n al cabo, provienen de personas cuyo trabajo está directa o indirectamente vinculado a ellos. Pero también las mujeres consultadas, de distintas edades y con distintas ocupaciones, tienen su opinión formada al respecto. Sobre el porqué, el cómo y el cuándo de un escote. Así lo demuestran una decena de ellas que, una vez a la semana, se reúnen en la tienda El Talleret, en Barcelona, para hacer clases de labores y manualidades.
Lo que no es tan fácil de precisar es en qué momento de la historia se empezaron a ver las posibilidades de un escote a la hora de confeccionar la indumentaria. Inmaculada Urrea, historiadora de la moda, además de diseñadora y estilista, lo sitúa allá por el Renacimiento. Las composiciones de pintores como Botticelli, que cubría a las figuras femeninas con sugerentes velos y estudiadas transparencias, demuestran, cuanto menos, que las posibilidades de jugar con esta parte del vestido no les eran ajenas. Como más tarde, ya en el barroco, Rubens plasmó, muchas veces jugando también con la escotadura, generosas formas femeninas.
No hace falta remontarse a siglos atrás, sin embargo, para ver los cambios en los usos y la percepción de un escote, y nada tienen que ver los cánones imperantes durante el franquismo con los actuales. Variaciones que también son evidentes en sociedades contemporáneas. "Tan sólo hay que ver las diferencias entre italianas y francesas", plantea Elisabet Olivé. La reciente aparición de la canciller alemana, Angela Merkel, con un generoso escote durante un concierto en la ópera de Oslo causó revuelo. Sobre todo en la prensa alemana, cuya reacción fue ambivalente. Hubo quien pareció sorprendido de haber descubierto la feminidad en la generalmente recatada canciller, a la par que cuestionaba la idoneidad del vestido. Merkel, a través de un portavoz, mostró su sorpresa ante la polémica suscitada y apeló a sus gustos personales. Se mire por donde se mire, es indudable que ahora el escote cotiza al alza. Las revistas dan consejos de belleza para mantener esa parte del busto femenino tersa, especialmente cuando se acerca el verano. Siempre se puede pasar por el quirófano, además. "La de las mamas, en sus diferentes variantes, sigue siendo la cirugía estrella", explica Javier de Juan, cirujano plástico y miembro de la junta directiva de la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética (Secpre). A partir de la opinión de los expertos en moda e imagen y del grupo de mujeres de El Talleret se pueden enumerar hasta diez condicionantes que explican el poqué, el cómo y el cuándo del escote femenino.
A SABIENDAS
Si no fuera así, no habría más que hablar. El grupo de El Talleret responde con un sí al unísono cuando se le pregunta si se plantean el llevar un escote u otro. Personal shoppers,asesores de imagen y estilistas permanecen en silencio un instante, como si fuera inconcebible de otra manera. Porque, aseguran, un escote adecuado siempre es favorecedor. "Nos tapamos más o menos en función de muchas cosas", dice Maria Àngels entre retal y retal. El famoso "me pongo lo primero que encuentro" queda, pues, en simple boutade.Y tampoco es habitual no percatarse del escote que una lleva hasta que se pisa la calle. "Nunca nos quedamos con lo primero que sale del armario, es fruto de una decisión", dice la diseñadora e historiadora de la moda Inmaculada Urrea. La mujeres piensan cómo y para qué se visten. Y lo contrario, consideran unas y otras, es un error.
EL PESO DE LA CULTURA
"La cultura infl uye", dice Maria Dolors. Otras prefi eren sustituir esta palabra por sociedad.Se le llame como se llame, ese ente abstracto está presente y marca la necesidad de adaptarse a cada situación. Todas las mujeres consultadas coinciden en este punto, por lo que el también habitual "yo voy igual a todas partes" se erige como la segunda boutade."No te pondrás un escote profundo para ir a trabajar, pero sí para salir a cenar una noche", argumenta Tina, en referencia a las convenciones sociales. Montse Guals, de Quémepongo, explica la historia de una exuberante chica procedente de Latinoamérica que recurrió a los servicios de Quémepongo porque no conseguía encontrar trabajo en España. "Decía que no la tomaban en serio, y decidimos suavizar su imagen, por un tema cultural", cuenta Guals. Una vez más, coinciden las expertas en asesoría de imagen y las mujeres de El Talleret, no saber ponerse el escote adecuado para cada ocasión es un fallo. "No hay un saber estar sin un estar presentable", resume.
TRADICIÓN FAMILIAR
El papel de la tradición familiar a la hora de tener o no predilección por los escotes es algo que sacan a colación algunas mujeres. No sólo en relación con el modo de vestir de madres, abuelas o tías, sino también con el papel de la ideología y la religión en la vida familiar. Pero a diferencia de los casos anteriores, no existe ni mucho menos unanimidad. Tina, por ejemplo, admite que en su casa eran recatados y a ella le infl uyó en parte, mientras Asun asegura que no le condicionó. Tampoco entre las asesoras de imagen se impone el consenso. Elisabet Olivé considera que sí se da en algunos casos. "Aunque es relativamente fácil conseguir que una clienta cambie estas costumbres, sobre todo cuando ven que nuestros consejos dan resultado", explica. Inmaculada Urrea, en cambio, no cree que la familia tenga una infl uencia tan determinante. "Es más, un ambiente familiar muy represivo puede llevar a reaccionar contra él", plantea Urrea.
EL SECRETO DE LAS LÍNEAS
Muchas saben qué les sienta bien y qué no. "Lo que no quiere decir que siempre aciertes del todo", puntualiza Cristalina, de El Talleret. Hay mujeres con mucho pecho a quienes les gusta llevar escotes vistosos. Y lo consideran una elección bastante lógica. Porque, aducen, cuando se ponen cuellos altos o camisas abotonadas tienen la impresión de que el volumen de los senos aún es mayor, mientras los escotes de pico muy pronunciado, como menciona Blanca Gordon, les estiliza la fi gura. Las mujeres delgadas y con poco pecho, en cambio, argumentan que no se ven bien con este último tipo de escote, y prefi eren los cuadrados. Es, al fin y al cabo, una cuestión de líneas, concretan Guals y Olivé. La horizontalidad que da un pecho abundante necesita compensarse con líneas verticales, que es precisamente lo que aporta un escote de pico profundo. En las mujeres delgadas y con pocos senos predomina la línea vertical, que necesita equilibrarse con horizontalidades. De ahí que a menudo se recomiende para este tipo de fi guras jerséis con rayas horizontales.
LA COMODIDAD
Es, sin lugar a dudas, una de las palabras clave, con apoyos unánimes, y una de las características más buscadas en un escote o en cualquier pieza de ropa. "Si es algo que te hace sentir incómodo, directamente no te lo pones", explica Inma. Las asesoras de imagen aseguran, además, que es fácil darse cuenta de si alguien no va a gusto con la escotadura que lleva. Hay gestos delatores, como el estar pendiente de que el escote no baje demasiado, tapárselo o subírselo repetidamente. "Se tienen que saber llevar", coinciden las expertas consultadas. Aunque existen trucos que ayudan a suavizar la sensación de incomodidad. Por ejemplo, usar transparencias, que dan un toque de sensualidad pero a la vez contribuyen a sentirse más protegida. Claro que el concepto de comodidad es de lo más subjetivo, y mientras una mujer puede sentirse muy incómoda con un escote de pico profundo, a otra le puede suceder todo lo contrario. "Si no te sientes cómoda con una ropa, no te la pongas", concluye Urrea.
AFÁN DE NATURALIDAD
Otro de los términos, el de naturalidad, indispensable. Vinculado, a la vez, con la comodidad. Escurridizo también, pero recurrente cuando el escote sale a colación entre mujeres. Naturalidad (a veces usada como sinónimo de elegancia) que no deja de ser, en muchos casos, la preocupación por encontrar ese punto ideal, ni demasiado arriba ni demasiado abajo. "La mayoría de las pacientes buscan la naturalidad a la hora de operarse las mamas, cosa que nosotros alentamos", confi rma el cirujano plástico Javier de Juan. Así, asegura el también miembro de la junta directiva de la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética, muchas de las pacientes que pasan por su consulta no lo hacen tanto para aumentarse los pechos como para, llegadas a una cierta edad, realzar o reposicionar en consonancia con la talla que tenían antes. Y, de nuevo, cada mujer tendrá su defi nición de naturalidad. Para una, lo más natural del mundo será llevar un escote de pico profundo, mientras que para otra consistirá en una escotadura más discreta.
EN EL TRABAJO
El ambiente laboral ejemplifi ca claramente la tendencia a adaptarse a cada situación casi de forma espontánea. A veces justifi cada, otras quizá no tanto. Elisabet Olivé y Montse Guals plantean dos situaciones hipotéticas. La primera es la de una mujer cuyo entorno laboral esté formado, fundamentalmente, por hombres. "Si se quiere posicionar tenderá a masculinizarse a la hora de vestir y, por extensión, también en el momento de ponerse escote", aseguran. "Hemos tenido clientas que, después de mucho tiempo trabajando en este tipo de ambientes, han recurrido a nosotras porque querían recuperar el punto femenino", agregan. Si, por el contrario, sus superiores son mujeres, estas personal shoppers aconsejan tratar de no pasar nunca por encima de ellas. "Para no crear tensiones y rivalidades", argumentan. Inma, de El Talleret, trabaja en una fábrica. "Y acabas cediendo tú misma, porque es desagradable sentirte observada cuando a lo que vas es a trabajar", explica.
COMPLEJOS
O vergüenza, que viene a ser sinónimo en este caso. Parece que no se escapan de los complejos ni las que tienen mucho pecho ni las que tienen poco y, obviamente, estos se traducen a menudo en descartar el escote. Los complejos son típicos, eso sí, de edades tempranas, y especialmente habituales en la adolescencia. Pero, en mayor o menor medida, las mujeres consultadas coinciden en que todo se relativiza con la edad y se acaban las manías. "Sí, tuve complejos de jovencita, pero a medida que cumples años pierdes la vergüenza", dice Mari Carmen. "Yo tenía una talla muy pequeña, pero me ponía relleno para resaltar el pecho al máximo", agrega Maria Àngels. Hay mujeres con mucho pecho que en la adolescencia optaron por taparse porque pensaban que así disimularían su talla. Hasta que descubrieron que era todo lo contrario. Desde Quémepongo aseguran, además, que no les es difícil ayudar a sus clientas a superar estos complejos, generalmente a través de un proceso de aprendizaje. "Porque no sólo se les recomienda un escote, sino que se les argumenta el porqué de esa elección", dicen.
LA PROVOCACIÓN
¿Un escote se lleva para provocar? La pregunta enciende los ánimos, aunque la respuesta, con muchos matices y variantes, suele ser afi rmativa. El grupo de El Talleret, por ejemplo, responde casi al unísono. El problema viene a la hora de acotar, porque hay quien da a este verbo una connotación negativa, mientras otras mujeres quitan hierro al asunto. La mayoría, sin embargo, preferirían sustituir este término por insinuar,sugerir o seducir."Sexy y sugerente, sin mostrar demasiado para no resultar vulgar", defi ne Blanca Gordon, directora de Shopin. Características, agrega, del escote estrella en esta temporada primavera-verano, el de corazón. Su planteamiento lo comparten muchas mujeres, como Cristalina, Asun y Mari Carmen. "El escote es un arma de seducción, lo ha sido y siempre lo será", agrega Inmaculada Urrea. La principal conclusión de unas y otras es que, al fi n y al cabo, la provocación no está tan vinculada a la profundidad del escote como a la actitud de quien lo lleva.
EL VEREDICTO DE LAS OTRAS
De nuevo, un clamor unánime entre el grupo de El Talleret. "Claro que nos fi jamos en qué llevan y cómo lo llevan las otras", dice Mari Carmen. "Somos unas criticonas", añade. A lo que sigue una relación de situaciones en que se han encontrado con mujeres que iban, en su opinión, excesivamente escotadas y predispuestas a provocar. La forma de vestir de los adolescentes de ahora se lleva buena parte de las críticas. "Es que, quieras o no, se te van los ojos, y si se nos van a nosotras, ¿cómo no se le van a ir a un hombre?", se preguntan. Aunque, "que alguien enseñe todo el canalillo no gusta ni a hombres ni a mujeres", asegura Elisabet Olivé. "Una persona que llame mucho la atención no será elegante; será otras cosas, pero no elegante", concluye Inmaculada Urrea.
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15 jun 2008
Sexo en el ascensor.
Hace días que no deja de llover, algo natural en invierno, pero se hace hasta estresante andar todo el día con el paraguas de un lado a otro y la humedad hace que mi cuerpo se resienta.
Llegué tarde al trabajo, como viene siendo costumbre, con las lluvias la gente usa más los taxis.
Toda la mañana la misma rutina de siempre, archivar documentos, hacer café, llamar a los clientes, poner al día la base de datos, enviar emails... y un sinfín de cosas más.
Se acercaba el medio día y ya todos se iban preparando para ir a comer, pero yo debía entregar una serie de informes al sud-director que estaba unas plantas más arriba, no me apetecía usar las escaleras, por lo que opté por ir en el ascensor.
Me dirigí hacia allí y cuando las puertas se abrieron le vi. A mi mente volvieron aquellas sensuales palabras que me dedicó por teléfono, recuerdo sus jadeos al otro lado del hilo telefónico.
Desde aquel día no habíamos vuelto a coincidir por las oficinas.
Entré y él me miró con cara de sorpresa, yo me sonrojé no esperaba encontrármelo tan de repente, las puertas se cerraron.
Me preguntó a que planta me dirigía y pulsó el botón. Cuando el ascensor se puso en marcha, me miró y sonrió.
Yo no sabía qué hacer, me puse nerviosa y mis mejillas estaban sonrojadas.
Cuando me decidí a saludarle, el ascensor tembló, las luces comenzaron a parpadear, hasta que se apagaron del todo.
El ascensor se detuvo en seco. Estaba muy asustada, no sabía que estaba pasando y el al notar mi nerviosismo, me abrazo fuertemente. Me sentí bastante aliviada, me sentía protegida entre sus brazos.
Por suerte el llevaba el móvil encima y llamamos a las oficinas, se había ido la luz en toda la calle.
Nos dijeron que llamarían a los bomberos y que no tardarían mucho.
Viendo que estábamos entre dos pisos y que no volvía la luz, supimos que esto llevaría su tiempo.
Me invitó a sentarme a su lado en el suelo, mientras esperábamos a que nos saquen de allí.
Se quitó la chaqueta y la puso sobre mis hombros, nos acurrucamos el uno con el otro, hacía frío y comenzamos a conversar.
No sé cómo pero en medio de la conversación me recordó aquella llamada telefónica, yo no levantaba la vista del suelo.
Rememoró cada detalle de aquel día y yo no salía de mi asombro, el recordaba cada momento, cada instante de aquella noche mágica.
Entonces sin venir a cuento, se quedó en silencio, levante la vista preguntándome porque se había detenido y me encontré con sus ojos mirándome fijamente.
Me quedé inmóvil ni siquiera me moví cuando él comenzó a acercar sus labios a los míos, hasta besarme dulcemente.
Hacía mucho que deseaba que llegara ese momento, me recostó en el suelo y se inclinó sobre mí con cuidado.
Besó mi cuello y mis pechos con suma dulzura mientras sus manos subían por mis muslos levantando mi falda a su paso.
Yo le desabrochaba el pantalón despacio, le deseaba allí y en ese momento, no podíamos perder tiempo ya que pronto nos sacarían de allí.
Me desnudó despacio y con suavidad, mientras yo hacía lo mismo con él, entre besos y caricias fuimos acomodando nuestros cuerpos.
Le pedí que me penetre despacio, y así lo hizo, sentirle dentro de mí es lo que había estado esperando desde aquel día en el que decidí llamarle.
Sentir su miembro fuerte y vigoroso deslizarse con dulzura me hizo estremecer de placer.
Callaba mis gemidos besando y mordiendo sus hombros al tiempo que el callaba los suyos lamiendo mis pechos.
A pesar del frío, mi cuerpo sudaba como si estuviera en una sauna, su perfume inundaba todo el ascensor.
Aunque estábamos encerrados, la oscuridad que nos rodeaba lo hacía todo más íntimo y sensual.
Mis sentidos estaban más sensibles y podía notar como su cuerpo temblaba de placer, cada vez que entraba y salía de mi cuerpo.
Yo no pude resistir más y dejé escapar un fuerte gemido de mis labios cuando el orgasmo se apoderó de mí.
Mi cuerpo sudoroso y tembloroso se rendía ante su presencia y me fundí en sus labios jugando con su lengua.
Permanecimos unos minutos inmóviles abrazados, mientras recurábamos fuerzas.
Poco a poco nos levantamos, y nos vestimos el uno al otro con cariño entre besos y miradas cómplices.
Mientras nos abrazábamos volvió la luz y el ascensor se puso en marcha.
Fue una experiencia corta pero intensa, jamás pensé en que volvería a coincidir con el tras aquella vez en la que dimos rienda suelta a nuestra pasión por el teléfono.
Pero la suerte y el destino quisieron sonreírme ese día y dejarnos encerrados en aquel ascensor.
Cuando conseguimos salir me sorprendió que no tratara de disimular y delante de todos, me volvió a abrazar con dulzura.
Todo el mundo volvió a sus quehaceres y yo pasé la tarde pensando en él, no podía olvidar lo que había sucedido en el ascensor.
Cuando ya íbamos a cerrar, apareció y se acercó a mí, dejó una nota en mi mesa, sonrió y se marchó.
Estoy deseando llegar a casa para leerla...
14 jun 2008
SALÓN DE MASAJES: Un cliente especial
Trabajar como secretaria, no siempre te proporciona una independencia económica y una diversión continua y satisfactoria, por lo que hace tiempo decidí estudiar quiromasaje. Pero como en esta vida una tiene que ser lo mas practica posible, me puse a trabajar y de paso practicar, en un salón de quiromasaje, donde me gano unos ingresos extra, que nunca vienen mal.
Con lo que no contaba es que me iban a suceder cosas como la que os voy a relatar a continuación.
Como de costumbre fui al salón a trabajar, un día como otro cualquiera. Los clientes que pasan por allí son de lo más variado. Desde jóvenes deportistas, amas de casa, hasta personas mayores que buscan aliviar sus dolores.
Aquel día tenia un cliente al que yo considero especial, era un hombre mayor de unos 60 años, muy sibarita y exigente. Por lo que tenia entendido sólo aceptaba que le atendieran chicas jóvenes y de buen ver, al parecer le agradaba mucho mi aspecto, pues siempre que yo estaba disponible, exigía que fuera yo quien le atendiera.
Desde hacia un tiempo había notado como me miraba, y como cambiaba su tono de voz cuando hablaba conmigo, pero hasta entonces supuse que lo hacía por simpatía.
El hombre tenía un aspecto muy agradable, sus ojos eran de un color verde claro precioso, su pelo aunque ya canoso por la edad, le sentaba de lujo. Era fornido y muy alto. se conservaba muy bien, resultaba incluso atractivo. Su voz era profunda y transmitía mucha seguridad.
Estaba aquejado de la espalda por una desviación de la columna, escoliosis, y cada cierto tiempo requería de un tratamiento de quiromasaje para aliviar esos dolores del día a día.
Como de costumbre, una vez que se acostó en la camilla, me dispuse a darle el masaje. Unté mis manos con las esencias aromáticas que a el más le gustan y mientras las esparcía por su piel, comenzó a hablarme.
Normalmente, se mantenía en silencio todo el tiempo, disfrutando del masaje, pero ese día tenía algo importante que decirme. Comenzó a hablar de lo mucho que le gustaba mi tacto, el calor de mis manos, le hacían sentirse muy bien, yo al principio me lo tomé como un halago, no pienso que sea la mejor en lo que hago, pero sé que nunca han tenido quejas de mí.
Prosiguió alabando el alivio que le proporcionaban este tipo de masajes, y que era una de las pocas chicas que le agradaban lo suficiente, pero sin más y sin venir a cuento comenzó a acariciar uno de mis muslos con su mano. Yo no sabía que hacer, por un momento me quede quieta y el al percatarse de ello, con voz suave casi con un susurro, me pidió que siguiera.
Como un resorte, volví a masajear su espalda, en cierta forma no me molestaba el hecho de que me acariciara incluso resultaba muy agradable, la forma en que me tocaba.
Él siguió hablando, hasta que me preguntó si ganaba lo suficiente, fui bastante sincera, si estaba allí es porque mi trabajo no me daba los ingresos suficientes para llegar a fin de mes.
Por mi mente pasaron una gran cantidad de ideas descabelladas, que para mi sorpresa no se alejaban mucho de la realidad.
Tras mi respuesta, comenzó a hablar de lo sólo que se encontraba, era un hombre divorciado y desde aquello no había vuelto a conocer mujer. Me contó como pasaba el día y sinceramente me entristeció mucho lo que me contaba, era muy sincero en sus palabras, en un principio pensé que sólo trataba de darme pena, pero en ese momento se dio la vuelta, me miró fijamente y me pidió que no me compadeciera de él.
Sin dejar de acariciarme recorrió mi cuerpo con la mirada, pero me miraba con respeto y admiración, cosa que me resulto incluso excitante. Después de un largo silencio, me preguntó si me molestaban sus caricias a lo que respondí que no. Eso le dio pie a seguir acariciándome, deslizó su mano hasta mi cadera.
Me sentía abrumada y a la vez excitada, su pulso firme y la forma tan delicada con la que me tocaba, me hizo temblar de excitación.
Sin pensarlo mucho, me quité la bata y me incline sobre él.
Juntos desabrochamos los botones de mi camisa, dejando al aire mis pechos, él los miró con dulzura y comenzó a acariciarlos muy suavemente. Se me puso la piel de gallina, por la sensualidad que desprendía su tacto sobre mi piel. Aspiro mi perfume varias veces, olió mi cabello, y con un susurro me dijo que era preciosa.
Sus dedos dibujaban a la perfección el contorno de mis senos, se detenía cada pocos centímetros, para apreciar con más detalle, mi piel. Rodeo mis pezones erectos, con suavidad. Pasó la punta de sus dedos por el encaje de mi sostén, donde este terminaba de cubrir mis pechos, nunca antes me habían acariciado con esa dedicación y admiración.
Tan sólo con su tacto me excitó de una forma sublime, era increíble el respeto que mostraba en cada uno de sus movimientos, acarició mis pechos como nunca antes nadie lo había hecho. Desabroché mi sostén y deje libres mis pechos, para que pudiera acariciarlos con mayor libertad, deseaba que lo hiciera, todo era tan excitante...
Pero para mi sorpresa no quiso seguir, dulcemente me invitó a que me vistiera de nuevo, y me agradeció profundamente que le hubiera dejado acariciarme.
No entendía muy bien por qué no quiso seguir, y ante mi mirada de desconcierto, me aclaró que, no buscaba en mi sexo, si no recordar lo que significaba acariciar la piel de una mujer, su calor, su suavidad, le había hecho muy feliz.
Me sentí avergonzada por haber creído que quería acostarse conmigo, pero por otro lado, el hecho de que aquel hombre de aspecto serio me hubiera elegido a mí para rememorar aquello que ya tenía por olvidado, me halagaba.
Se levantó, se vistió y sacó su cartera para ofrecerme dinero, que aunque lo necesito, en un primer momento me negué a aceptar, pues todo lo que había hecho había sido de buena gana, pero me obligó a aceptarlo diciendo que había cumplido uno de sus anhelos y eso no tiene precio.
Con la misma sutileza de siempre, se levantó y se marchó, dedicándome un hasta la próxima con una sonrisa, la primera vez que le veía sonreír.
Me gusta la mujer de mi jefe.
Llovía a cantaros, y como suele ser normal en Madrid, es difícil encontrar un taxi. Rezaba porque a la hora de salir la lluvia hubiera cesado o me esperaba un resfriado seguro, ni siquiera había traído paraguas y mis compañeros ya habían salido.
Yo me quedé a hacer horas extras, mi jefe estaba de viaje de negocios y yo tenía trabajo atrasado. Daba un poco de miedo, estaba sola en las oficinas, bueno también estaba Mikel el de seguridad, pero andaría haciendo su ronda como de costumbre.
Estaba agotada y aún quedaba mucho por hacer, me iban a dar las tantas.
Mientras archivaba unos documentos, escuche el ruido del ascensor, alguien subía. Me asomé tímidamente por el pasillo y pude ver como la puerta del ascensor se abría, era la mujer de mi jefe.
Bajita, de unos 42 años creo recordar, siempre me había gustado el color de su pelo, era pelirroja, un color anaranjado brillante y sedoso.
Se conservaba de maravilla, para su edad, sus pechos desafiaban la ley de la gravedad, eran generosos y sus curvas daban ganas de deslizarse por ellas a toda velocidad.
Se acercó a mí y me saludó con una preciosa sonrisa. Me explicó que su marido la había llamado para recoger unos informes que necesitaba que se le envíen por fax. Me presté a ayudarla.
Mientras yo rebuscaba en el montón de papeles que tenía en mis cajones, Diana no dejaba de mirarme.
Comenzó a hablarme de lo aburrida y sola que estaba cada vez que su marido salía de viaje, y lo estiradas que eran sus amigas, hacia mucho que no se divertía de verdad, que no salía de copas, ni se iba al campo o disfrutaba de una buena compañía.
Ambas reímos cuando comentó que ser la mujer de un hombre de negocios es realmente sufrido.
Me encantaba su forma de ser, normalmente las esposas de los grandes empresarios no pierden el tiempo con los empleados de sus maridos, pero Diana no era así, nos conocíamos desde que empecé a trabajar aquí hace ya unos 3 años, y siempre me había tratado con respeto y cariño.
Es una mujer alegre y divertida, extrovertida y amable, algo que la hacía sobresalir y llamaba mucho la atención.
Por fin encontré los archivos, pero Diana me convenció para que tomáramos un café y charláramos un poco. Usamos una pequeña cafetera eléctrica que su marido tiene en el despacho y allí mismo nos sentamos y comenzamos a charlar.
Mientras ella me preguntaba por mi vida en general, yo no podía desviar la vista de sus labios, eran finos y algo carnosos, siempre usaba brillo de labios, no le gustaba manchar su piel con maquillaje y la verdad tampoco le hacía falta.
Me sorprendió como cambió el tema de la conversación cuando Diana me dijo que yo siempre había sido alguien especial para ella, no sabía que me estaba queriendo decir hasta que me crucé con su mirada, tenía algo especial, algo que ya había visto antes, sus ojos estaban cargados de deseo.
Mientras me fundía en su mirada ella acarició mi mano con suavidad, es cierto que Diana me atraía, pero hacía unos días había tenido un encuentro íntimo con su marido, sentía que la estaba engañando... Algo debió ver en mi rostro, me dijo que no me preocupara, sabía todo lo que su marido hacía, ya que se lo confesaba todo.
Yo no salía de mi asombro.
Se levanto de la silla y mientras se acercaba a mí, fue desabrochando su blusa, sus pechos eran preciosos, redondos, suaves, me apetecía lamerlos y ella me los ofreció sin pensarlo.
Los acaricié con mi lengua y con mis manos le quité la falda, llevaba un pequeño tanga que dejaba poco a la imaginación, besé su estomago y bajé hasta su pubis sin quitarle la ropa interior.
Pasé mis dedos con delicadeza por encima de su diminuto tanga y con los dientes conseguí bajárselo hasta las rodillas, con la yema de mis dedos separe sus rosados labios y lamí su clítoris, ella dejo escapar un delicioso gemido.
La tumbé sobre el escritorio del despacho, es algo que siempre había querido hacer, y le quite el tanga que aún permanecía en sus rodillas.
Me incliné sobre ella y besando sus senos me deshice de su sostén dejándolos libres, eran extremadamente suaves, me volvió loca su tacto.
Una de mis manos volvió hasta su pubis para acariciarlo e introducir uno de mis dedos con cuidado, mientras seguía lamiéndole el pecho y el cuello, ella echó la cabeza hacia atrás, estaba muy excitada y yo disfrutaba viéndola así.
Bajé de nuevo con mi lengua hasta su entrepierna, disfruté lamiendo sus labios y su clítoris, al tiempo que mis dedos jugaban en su interior, me encantaba la humedad que desprendía su vagina.
Ella comenzó a temblar en medio de un sinfín de jadeos entrecortados, me incliné sobre ella, y la besé en la boca, ella mordió mis labios intento disimular su orgasmo, pero con mis dedos aún dentro no lo pudo evitar.
Saque con cuidado mis dedos y me senté a observarla como se vestía mientras yo me los lamía.
Diana terminó y cogió su bolso, me miró con cara de niña picara y metió su número de teléfono en mi bolsillo.
Salió por la puerta y se marchó.
Me quedé sentada en la silla, aun relamiendo mis dedos, miré por la ventana...
Definitivamente el día acabó genial, disfruté de Diana y había dejado de llover.



















